No hay pandemia que pueda frenar esta emoción, son tantos años de frustraciones que hay abrazos del alma que no entienden de virus. Si el fútbol siempre fue mucho más que un deporte para los argentinos, una actividad en la que siempre buscamos que Messi o Maradona nos entregaran las alegrías (o soluciones) que no dieron los políticos de turno, en medio de este caos mundial esta alegría supera muchas barreras, calma angustias, exalta corazones. Entonces, jugadores que antes de esta Copa América podían ir al supermercado y no ser reconocidos, hoy se convirtieron en héroes. Como le sucedió al Dibu Martínez en los penales con Colombia, a Guido Rodríguez por su gol a Uruguay o Nicolás González por dejar la vida en cada pelota. Son tres ejemplos, pueden ser un montón. Porque Argentina sale campeón, corta el maleficio en el momento menos lógico de su historia: con un cuerpo técnico que no tenía experiencia, con un montón de jugadores que ni siquiera tuvieron su formación adecuada en los Juveniles por los desmanejos del 2007 al 2017, y que de repente, salieron a dar la cara, a respaldar a su capitán, al genio que bajaron del poster para transformarlo en compañero de emociones.

Un sentimiento, no traten de entenderlo. Por eso todos se tiran encima de la Copa, encima del capitán Leo, saben lo que tuvieron que trabajar durante estos 45 días. Los que debieron soportar no ver a sus familias (algunos fueron padres, otros no pudieron acompañar a familiares enfermos), los más de 30 hisopados, los más de 40 mil kilómetros recorridos, los más de diez vuelos, los siete partidos, para llegar a gritar campeón. Esa burbuja que nunca se rompió, esas 70 personas que se juramentaron llegar hasta el último día, lo lograron y en el Maracaná tocaron el cielo con las manos. Ahí está Messi abrazando a Omar Souto el histórico dirigente que ya supera los 80 y que estaba en el predio cuando él arribo en 2004, lo mismo hace el 10 con el eterno utilero Marito Destéfano que también lo cuidó de pichón. Un día todos tuvieron la gloria.